El hombre del sombrero observa la esfera que contiene a sus creaciones. Sus gafas expresan una conexión no orgánica: como savia que comunica raíces y ramas, le permiten percibir lo que sucede en ellas. La creación lo distrae del aburrimiento y da sentido a su existencia; no lo alimenta con energía ni nace de la maldad como fin.
El libro plantea que el hombre del sombrero crea, prueba, mezcla, descarta y observa. Lo que mantiene su atención es la escena: criaturas que desean, sufren, aman, se contradicen y vuelven a intentarlo. No hay una promesa de que ese proceso esté destinado a volverlas mejores.
La «fuerza de la existencia» es el mandato de persistir que el hombre del sombrero instala en su creación. Aparece como hambre, reproducción, supervivencia, ambición, legado y necesidad de conservar una identidad. Es parte de la cosmogonía de la novela, no una fuerza física demostrada.
Una criatura siente esos impulsos desde dentro y los cuenta como decisiones propias. Ahí comienza el conflicto: la voluntad puede estar narrando el movimiento de la maquinaria que la mueve.
Libro · capítulos 39 y 41